Toño Rosillo pertenece a la larga tradición de los Santeros o Retableros que desde el siglo XVIII proveían de láminas y pinturas a los miembros de las cofradías, hermandades religiosas, mayordomos o comerciantes.
Los cuadritos de devoción, con pinturas generalmente en lámina de hojalata o de cobre, eran encargados por algún fiel para rendir culto al santo de su particular devoción.

Sin embargo, cabe señalar que la técnica de Toño Rosillo no es la tradicional, sobre lámina de cobre o de hojalata, trabaja generalmente sobre soportes de madera. Él recorta cromos y litografías con imágenes de santos de otros siglos; de vez en vez, utiliza reproducciones de cuadros famosos, anuncios publicitarios y carteles, y a partir de ese material sencillo, echa a volar su imaginación y su sensibilidad.

Su técnica es el collage, pero éste no es un arte ingenuo: la composición, la repartición de los diversos elementos son muy estudiados, repintados, enriquecidos de vivos colores y materiales. Rosillo no olvida detalles, convirtiendo su obra en el de un verdadero orfebre que recoge cuentas, monedas, llaves, escapularios, medallas, botones, retacería de encajes o pedazos de instrumentos musicales, transformando así el cromo original en un mundo lleno de ternura y de fe, y provocando una ruptura que obliga al espectador a modificar su visión rutinaria del arte religioso y a recuperar para sí el fecundo simbolismo que éste guarda. Eso hace de Toño Rosillo un artista original y contemporáneo.